Un mendigo de pieles tostadas y enmarañado cabello se aproxima a un poste de luz y dice a viva voz “sospecho que usted sabe”. Un mendigo de piel blanca y cabello lacio, separa la tela de su chalet bordo del frío de un poste de luz al tiempo que responde “pues yo sospecho que usted sospecha que yo se”.

Un niño deja caer un pétalo, lo recoge con su suave mano manchada de tierra y tiempo. Al cabo de 118 segundos repite la secuencia.

El mendigo 1 responde “si ha de ser así de duro le diré que yo sospecho que usted sospecha que yo sospecho que usted sabe”. Cae una hoja del árbol más cercano, amarilla un poco en las puntas. “Haces bien en sospechar que yo sospecho que usted sospecha que yo sé. Te digo más, yo sospecho que sospechas que yo sospecho que sospechas que yo sé” Responde el mendigo 2.

“Faltaba más! Déjeme decirle que un principio pensé que era un cretino” espeta el mendigo 1 al tiempo que arremanga la manga derecha de su rasgada camisa, cuyo diseño responde a los inescrupulosos vaivenes de la voluntad del viento y la tierra. “Sospechaba tal cosa” dice la boca del mendigo 2, protegida del sol por la sombra de una nariz respingada. Mete una mano en su bolsillo y mira la hora en un reloj de oro.

Una leve brisa abraza el pétalo, robándolo y un nudo en la garganta le arranca unas lágrimas al niño.

Me gustaría saber acaso si el lector ha comprendido, si ha logrado descifrar el enigma o si me piensa un desquiciado.  Y me gustaría que el lector se figurase que quizá otro si comprendió lo que él no pudo, o que otro no comprendió lo que él pudo. Y que la felicidad de uno u otro no depende en nada del enigma.

Espero aprecie la belleza del mismo, el trayecto hace la diferencia.

Advertisements