Desvirtuar: Es curioso el uso que se le da a la palabra desvirtuar. El diccionario la define como “hacer disminuir o eliminar las virtudes o características de una cosa”.

Desde este enfoque, se entiende que un hombre o ente o cosa puede realizar una acción, y porque no varias, en detrimento de virtudes propias o ajenas.

También se entiende que existen acciones, que un hombre o ente o cosa pueden realizar, en detrimento de las virtudes de algún otro hombre ente o cosa (limitar la definición de la palabra en cuestión afirmando que desde la mirada del hombre sólo las cosas pueden ser desvirtuadas parecería demasiado simplista, pues estoy seguro que existen infinitos casos de hombres en cuyas mentes la palabra desvirtuar puede y debe aplicarse también a otros hombres o entes y no sólo a cosas). Dícese la acción desvirtuadora, adjetivo derivado del verbo analizado.

Al mismo tiempo, si existe el desvirtuar y ya hemos presentado la acción desvirtuadora, debe existir, como seguramente ya hayan adivinado en los párrafos predecesores, aquel sujeto que es objeto de dicho accionar y de dicha acción, el sujeto desvirtuado.

Estas conclusiones las extraemos de la simple definición expuesta más arriba, dado que “desvirtuar” es un verbo, aquel que desvirtúa está realizando una acción, que es, ergo, desvirtuadora. Paralelamente, aquél que es desvirtuado sufre, o goza, en cualquier caso, los efectos de una acción realizada sobre en relación a sí, ya sea perpetuada por un tercero o por ese mismo sí mismo.


Ahora partiendo de lo expuesto, aquel sujeto objeto de la acción desvirtuadora sufre acciones que hacen disminuir o eliminan sus virtudes. La inconsistencia mayor aparece cuando analizamos aquel hombre, ente o cosa sobre el cuál se aplica la acción desde la forma pasiva. Es decir, cuando decimos que algo se desvirtúa.

Un hombre, ente o cosa se desvirtúa cuando disminuyen o se eliminan sus virtudes. Analicémoslo un poco más. En teoría, una casa hecha de madera tiene la virtud de proteger a su dueño del viento en días de otoño. No obstante, si por algún motivo la casa se incendiase, perdería inmediatamente la capacidad de proteger a su dueño, virtud que le acabamos de asignar.

Es predecible que pensemos entonces, que una casa incendiada deja de ser una casa, ser desvirtúa, pues pierde su principal virtud. Sin embargo, no podemos dejar de recordar que incluso antes de ser una casa, era un pedazo de madera, que incluso antes de ser un pedazo de madera, era un árbol. Hace bastante tiempo ya el hombre descubrió que los árboles son altamente inflamables, por ende, todos sus derivados comparten esta característica, la madera, y las casas y las sillas y los adornos o esculturas hechos con madera también son altamente inflamable.

Y a todo esto, el hombre estúpido sigue culpando a su casa por haberse desvirtuado, por haber eliminado su principal virtud. La pobre casa sólo estaba haciendo alarde de su otra principal virtud, la inflamabilidad. Que paradójico suena todo.

Otro ejemplo que espero me resulte de ayuda a la hora de expresar mi disconformidad con la palabra desvirtuar y todas sus acepciones, es la siguiente:

El hombre como especie es experta en la creación de cosas, y su posterior clasificación. Así se crean sus diversos esquemas, bajo los cuales viven libres y felices. A través de modelos o hipótesis los hombres estudian y aprenden su mundo. Descifran diversos enigmas, encontrando, o no, respuestas a sus interrogantes. Se pasan años y años estudiando diversos fenómenos para lograr esta clasificación. Asignan nombres a esos fenómenos, y a través de esos nombres crean lenguajes. Lo lenguajes son fundamentales para la creación de estos modelos o hipótesis que les explican el mundo.

Una vez que ya hubiesen estudiado fenómenos, les hubiesen asignado nombre, los hubiesen clasificado y hubiesen creado sus modelos, estarían en condiciones de entender el mundo y vivir libres y felices. Pero el hombre es desordenado, y en el trayecto se pierde.

Cuando el hombre ingresa a un laberinto debe atar una soga o cinta o hilo de considerable longitud a algún artículo hallado fuera del laberinto, que con su peso o actitud o palabra le garantice que se mantendrá inmóvil, fiel, esperando en el mismo lugar que le fue asignado el retorno del hombre que ingresa.

De este modo, en caso de que el aventurero haya perdido la fe o la razón, o que, entrado en razón descubra la vanidad de sus esfuerzos, a sabiendas de que no existe modo real de descifrar que camino debe seguir, pues son tantos, tan distintos y tentadores, para atravesar exitosamente el laberinto, situación a la que estamos acostumbrados como raza ya, pues el laberinto nos excede, nos supera y nos empequeñece con su inexpugnable vastedad, en ese caso el aventurero podrá volver tras sus pasos siguiendo la soga o cinta o hilo que haya atado.

El hombre se pierde en el trayecto, pues es vanidoso y confiado, seguro de que sus capacidades serán suficientes para burlar al laberinto, desnudarlo de sus espesos matorrales de incertidumbre, enfrentarse a los miedos que del laberinto han hecho su existencia, y no desdeña el atar.

Al perderse, el hombre, que, despojado de todo remedio diferente al dar vueltas y vueltas, agotando el minúsculo tiempo que el laberinto le ha permitido recorrerlo continúa esperando inútilmente hallar algún indicio o respuesta a la siguiente curva, la siguiente bajada o subida, comete errores, como aquel que terminó en la creación de tan nefasta palabra.

Otro día hablaremos de aquellos hombres que a pesar de años y años naufragando en tierra firme, son incapaces de rechazar la ilusión que al cabo de cada nueva seta o fragancia los abraza hacia la soberbia del conocimiento y la sabiduría.

Hoy, lo que nos compete es aquél hombre que prefirió la libertad por sobre el laberinto, y he allí su mayor virtud.


Los hombres clasifican las cosas según órdenes y palabras inventadas, siguiendo patrones que creen comunes, como si el universo fuera a deleitarlos con un mínimo vestigio de verdad. El siguiente paso una vez estructurados aquellos fenómenos que han tenido la suerte de vivenciar es asignarle virtudes y características. Quizá el proceso sea al revés de todos modos, asignar características podría tranquilamente para los hombres de los que hablamos ser una etapa previa a las clasificaciones. Posiblemente se confundan las características en patrones o líneas o especies o lo que fuera, se confundan con indicios de verdad, que ya sabemos no habrán de existir fuera del laberinto jamás.

A partir de entonces, las cosas, hombres o entes son dignos poseedores de virtudes inventadas para entender el mundo, creando lenguajes y modelos cuadrados que pretenden representar un laberinto deforme.

¡Procuremos no desvirtuar las cosas entonces!

¿Qué sería de las cosas si las desvirtuáramos?

Quizá desvirtuarlas sería remover, quitar, vaciarla de todas sus características distintivas, hasta saciar nuestra sed de destrucción, hasta engrandecer nuestro afán de frenar el progreso. Quizá entonces, si desvirtuarlas es eliminar sus características o virtudes se trata de una impensada desclasificación, de un error de la raza que ama las clasificaciones y los órdenes. Un ente fallido, un paso en falso de la naturaleza, desgraciada, que ha creado un hombre cuyo malvado fin es retroceder en la evolución tomando cosas bonitas y volviéndolas horribles.

O quizá aquel que desvirtúa es en realidad el defensor del poder ser, de poder ser cualquier cosa, madera, combustión o fuego, casa o cenizas. El que desvirtúa empodera, libera, otorga y permite. Aquel que desvirtúa crea, y así virtúa, si se me permite la invención de un nuevo verbo, como si no les sobrasen a los lenguajes verbos. Quizá desvirtuar sea entonces tomar la soga y retroceder, paso a paso alejarse del muérdago donde la ilusión tentó a nuestra incansable soberbia a pensar que una nueva fragancia o seta vendría seguida por la tan ansiada respuesta, que bienaventurada sea, pues no existe.

Tal vez el hombre, ente o cosa desvirtuada nos agradezca, pues sólo quería ser libre, feliz, virtuoso.

No quería saber nada con laberintos. Allí no sirven salmón.

Y a él le gusta mucho el salmón.

Advertisements